A veces, cuando calllas lo suficiente y logras despojar a la calle de su incesante ruido y puedes vestir de silencio las paredes de tu cuarto y desterrar de tu cabeza por unos instantes el eco de tu propia voz. Comprenderas, aunque efimeramente, tu verdadero lugar en el universo: verás monstruosamente que no eres diferente de tus muebles que otean el desorden.
Te sumerges lentamente en un insoportable nihilismo que se hace impronunciable, porque has renunciado a la voz de tu cráneo, gira tu cabeza como callendo en espiral, quieres vomitar pero el claxón de los carros viene a tu auxilio, la voz que desterraste entra trinunfal con sus ejercitos y las paredes se desnudan en medio de su algarabia. Respiro. ¿Qué paso? Te preguntas y sólo, engañoso como todo autoconsuelo, te dices que seguro te estabas quedando dormido.
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