¿No es el viento como un río
cuyas aguas aplacan el infernal calor del estío?
¿Su corriente, acaso, no trae hasta nosotros
el dulce olor de los campos en flor
o el aroma de la fresca hierba recién cortada?
Me imagino esa aroma como una legión de arcángeles
portando dorados y hermosos incensarios
y allí mismo haciendo arder
la mismísima mirra que ofrecen a Dios,
mientras cantan en un idioma que sólo descifran
aquellas almas agradecidas
que contemplan en silencio
este esplendido milagro.
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