Mi corazón tiene la forma de un samán, uno cuyos brazos y ramas brotan por mi boca, buscando desesperadamente asirse del cielo, brindarle a las aves un lecho en el cual reposar su fatiga, a las bestias del campo un techo donde huir del agobiante ardor del mediodía, un frondoso árbol cuya solitaria existencia no la marcan el tiempo sino la compañía.
Mi corazón es un samán, cuyas raíces rompen mis pies, que no conocen más caminos que los rostros de los que amo y el sendero que las hormigas dejan en su convulso caminar, unas raíces profundas en mis afectos y en el tiempo, en la única casa que he vivido, en las personas que por ella pasan, sobre la tierra que forma la carne de los hombres y mujeres de mi pueblo.
Mi corazón tiene la misma piel que los samanes, por eso siempre florecerá subversivamente, para decirle a la adversidad y la muerte que el color aún surca mi vida, que el sol aún recorre mi piel.
En mi corazón hay un samán donde viven las cigarras que cantan sin tregua llamando la luna y la noche, despidiendo la tarde perpetuamente.
Mi corazón no palpita cabalgando en los segundos, él solo late para celebrar la vida, para florecer en medio de la incertidumbre, para brindrarle a los desperdigados un poco de abrigo, a los agobiados un consuelo, a los que como yo no tienen patria, un terruño que llamen suyo, mi corazón está ahí latiendo sin cansancio sin importarle cuando dará su último latido.